mardi 14 juin 2011

Una vuelta a la manzana ( "...en el milagro de la evocación...")

         Su madre le dió el cuerito deformado de la canilla y unas monedas.Le dijo « andá comprar uno igual...”
         -Adonde..?
         -Y adonde vas a ir...!A lo de Benedini...!
         El chico salió al sol del pasaje. Pasó frente a las puertas de la Porota, la Lina, los santiagueños y los portugueses,  la de los sanjuaninos, la de doña Cata, doña Matilde, la de Teresita -su amiga-  y las otras,  hasta llegar a la calle. En ese momento pasaba una chata gris de piso bajo, con dos caballos tirando y dos de pasajeros  en dirección al bajo Flores. Un vecino que observaba comentó: “esos dos, mortadela”... El chico dobló a la izquierda y se protegió en la sombra de los plátanos, llegó a la esquina de Avellaneda y cruzó. Haciendo ochava  el negocio de Benedinni. Entró. El tano zinguero, corpulento y rubicundo, estaba enfrascado en un cuchicheo  cómplice con  un corredor de comercio de vaya uno a saber que producto. Siguieron hablando , ignorándolo. Se quedó escuchando y observando el rostro de los hombres.  Oyó al zinguero decir ...”ma ,  qüesta no me sirve ni para coquere no me sirve...”, acompañando la palabra con el gesto,  y vió al corredor  asentir con la cabeza, filosóficamente...
-Qué queré nene..?
       El chico estiró el brazo , abrió la mano y mostró. El hombre se dió vuelta , buscó en unos cajoncitos que cubrían la mitad de la pared, giró y dijo: “vente centavo nene...”
          (Benedini, con su guardapolvo azul y detrás del mostrador era buen profesional , siempre daba el buen consejo. Tenía una mujer criolla, morocha, a la que desdeñaba. Ésta le traía el almuerzo a las 12h15 y mientras él comía parado detrás del mostrador ella esperaba . Cuando terminaba tomaba el plato y desaparecía detrás de una puerta del local. Los martes y jueves recibía -a las 12h30 y en el negocio-   a su profesor de canto, otro italiano pero de piel oscura con un eterno traje azul lustroso y un sombrero de ala ancha. Cuando se lo quitaba se veía su pelo escaso y teñido.  Era frecuente que algún cliente entrara durante la clase , y entre caños para desagües, canaletas de techo y otros lateríos,  tuviera que esperar el final del área atacada, generalmente a dúo. Los que pasaban por la vereda escuchaban ...”riiidee pagliaaaachiii...”  o se enteraban que la luna estaba ... vestiiiida di biaaaaaaancoooo...”, aunque a veces las áreas entonadas quedaban sepultadas bajo el fragor del tranvía  99, que pasaba por la puerta de la zinguería)

       El chico salió del negocio. Era la hora de la siesta, su madre seguramente se habría acostado un rato. El sol golpeaba como una masa. Le gustaba  sentir el calor violento contra el cuerpo y después el alivio a la sombra de los árboles y el frescor que salía de los zaguanes oscuros. Caminó por Avellaneda hacia Nazca, se detuvo frente a la casa de las solteronas del catecismo, miró entre las rejas terminadas en punta de lanza, vio el largo jardín con la palmera y la galería con el piso de mosaicos brillosos. Siguió, pasando frente a los pequeños talleres metalúrgicos del chileno  Camilo, la carnicería de don Esteban - gallego y republicano-  pegada al portón detrás del cuál vivía su amigo de escuela Jorge Rao.  Seguía el mármol fresco de la fachada de la Escuela Panamericana de Radio –“asegure su porvenir, estudie radio por correspondencia”,  el aviso  salía en el Paturuzú, el Gráfico y otras revistas que leía en la peluquería- , su dueño era el padre de los Rizone, una fratría turbulenta con la que se cruzaba en las calles del barrio. Dos puertas más adelante vivía la madre de Kikí, otro de sus amigos. Era afro-argentina, modista, bella y elegante. Inmediatamente comenzaba el muro, rematado en rejas  redondas de hierro, del corralón de Ferreira  -maderas y materiales de construcción-, con una de sus  entradas por Avellaneda. Seguía la última casa de la cuadra , la de los Navarro , tres muchachos y una niña, padres españoles.

         (Don Navarro vendía telas a los sastres de todo el país por correspondencia. Se fundió al comienzo de los 60  a causa de las huelgas de ferrocarriles y correos –entre muchas otras-  en un periodo de fuertes turbulencias políticas y sociales. De los hermanos , el mayor era amigo de Roger, pistolero violento, rubio, altísimo y silencioso, que corría a mostrarle los inventos “para el oficio”, por ejemplo  una birome que transformada y camuflada, tiraba una bala calibre 22 ...El Navarro que seguía iba a la escuela con el hermano mayor del chico , después la nena y  al final el menor, Perico.)

      Llegó a la esquina de Nazca. Haciendo ochava el bar Tarzán, hasta después del medio día bodegón y comedero de los laburantes, enturbiándose  al caer la tarde, y ya a la noche borrachería cotidiana. En el Tarzán el padre de la Julia, asturiano y peón de ferrocarril se mamaba los sábados pero a partir del mediodía, y  hasta la media noche desparramaba canciones de su Asturias añorada y natal.
Dobló por Nazca hacia Rivadavia, se quedó mirando por la ventana cómo cosían los Cazzará, familia de sastres italianos que trabajaban en la habitación que daba a la calle, inmigrantes del  inmediato fin de guerra europea, la segunda.  Siguió  a lo largo del muro hasta el portón –el otro- del corralón de Ferreira y su ferretería....

      (Larguísimo local,  fresco y sombrío, de alto cielo raso, fascinante de estanterías llenas  de cajas y cajitas con  tornillos, bisagras, cueritos para canillas, cadenitas, ganchitos y centenares de etcéteras, todo clasificado, todo ordenado, todo envuelto y protegido. Al fondo del local la caja con  el cajero que cobraba, al lado un señor de apariencia eterna, siempre de espaldas al local,  mangas grises sobre las de su camisa blanca, anotando en sus enormes libracos entradas y salidas, debes y haberes y sin despegar jamás su culo del banco alto y pesado. Los empleados  todos de  guardapolvo gris, el consejo seguro y perentorio. Oxidado..? minio...Humedad..? ceresita.! El vidrio..? Masilla... Espesa la pintura..? Aguarrás... Instalar el espejo, 1metro por 0,60cm..?tornillos de 6... Goteras..? pintura de alquitrán...
     Escaleras, palas, tenazas, pinzas, destornilladores, cucharas, frastachos, martillos, cacerolas, pavas, mates y bombillas, lamparitas,  perchas, cerraduras, manijas de puertas, macetas, canillas, pastina para las juntas, vidrio al corte con el diamante mágico, pinturas, pinceles y brochas gordas, resinas, clavos por kilo y por pulgadas,  la plomada, el nivel , “un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”, y saliendo al corralón, maderas, la montaña de aserrín, las sierras y el cepillo mecánico, las bolsas de cemento apiladas hasta el cielo, y la montaña de arena que remontábamos al galope de imaginarios corceles,  empuñando imaginarias cimitarras, creyéndonos aguerridos príncipes árabes percibidos en las matinés de los domingos en el cine parroquial,  estado de ensoñación que solía cortar el gesto desaforado de Félix agitando la mano - en la que todavía quedaban dos dedos- indicando que rajáramos de allí, cortando así el impulso épico que  por unos instante nos hacía sentir caballeros de las dunas de un quimérico desierto. Quizás gritara también, pero el estruendo de las máquinas en las que cortaba y cepillaba gruesos tablones  taparía su voz.  De la arena a la chata de  reparto. Carro sólido capaz de cargar de todo, con su pareja de percherones sin edad, bonachones pero  aguerridos y cinchadores en las subidas. Le acariciábamos la cabeza y el morro mientras ellos nos miraban con ternura e ironía)


 ...después de la ferretería de Ferreira  el café de los turcos...

    (Nunca supe si había algún turco, eran todos judíos sefarditas de origen sirio libanés, comerciantes en telas –sederos- , vendedores de puerta en puerta y a crédito, mercaderes de toallas, sábanas , frazadas,  peines, jabones, medias y mil artículos más. Sus apellidos eran los mismos que los de mis compañeros de escuela primaria, los Zaglul, Zacca, Sued, Mohaded, Sahlem, Michanie, Nacache, Sutton. Se trenzaban en trucos, muses o tutes aveces muy cabreros, o generalas nerviosas y sonoras. Los viejos, más calmos y de aspecto nostálgico jugaban a algo que ocurría en una caja chata y abierta al medio, con dibujos triangulares, en la que los jugadores tiraban un dado y desplazaban unas fichas redondas de madera, de un extremo al otro de la caja.)

...y pegado al café, el mercado. Tres escalones a lo ancho de la entrada, un  pasillo largo de 40 metros y los puestos a cada lado, techo de vidrio a dos aguas en el medio que dejaba pasar una luz tamizada...

( El primer negocio, fiambrería, atendido por una pareja de alemanes, él desapareció un día y reapareció unos años después, “estuvo preso por toquetear a una menor” dijo una voz cascada salida de un redondo corrillo de bolsas, canastas, carritos y señoras anchas como barcazas. Todos esos años la señora atendió el negocio,  sola,  en medio de sus frascos con pikles, ajíes y pepinos en vinagres, aceitunas,  jamones,  salames, quesos, la barrica de lupines en la puerta –sobre los escalones- que manoteábamos indefectiblemente cada mediodía a la salida de la escuela. Entrando ya en el mercado estaban los puestos de los carniceros,
-         “Alfredo, le pedí asado, no falda, el de ayer estaba duro...” 
-          “¿y qué más quiere señora..?”
-         ...”hay Alfredo, no sea zafado...!
Alfredo era grande , de cachetes colorados y parecido a Churchil.
Seguían los puestos de verduras y frutas. Marcaban las cuatro  estaciones  del año montañas de puerros, zapallitos redondos,  zanahorias, los zapallos, papas y batatas, la “verdurita” regalada, repollos, cajones de tomates, naranjas, o peras y duraznos, manzanas  o uvas y siempre un perfume a tierra húmeda y las manos percudidas  de los verduleros. Ya llegando al fondo del mercado el techo de vidrio, los azulejos blancos y el matrimonio de polacos judíos  que vendían pollos, las jaulas con aves vivas y espectáculo supremo: el Jajam que venía a matar los pollos y gallinas ritualmente. En camisa blanca, las mangas arremangadas cuidadosamente hasta los codos, su chaleco negro, el sombrero –también negro-  puesto en la coronilla, su barba espesa, tomaba con sus manos cuidadas las aves, las colocaba de manera tal que quedaban con el cogote expuesto al filo del pequeño cuchillo degollador. Luego de la incisión segura y breve se lo ponía  entre los labios , mientras hacía desangrar al plumífero para mayor gloria de Dios.
El otro espectáculo eran los polacos. Discutían  delante de los clientes , disimulando y en idhis, y el grado máximo de conflicto lo marcaba la patada que la señora, calzada de suecos, le propinaba con disimulo a su marido por debajo del mostrador.
Luego del mercado ,  estaba instalado don Rafael - puntero radical- con un negocito tipo kiosko de cigarrillos, golosinas , zapatillas, cordones , broches y otros etcétera. También repartía hielo con un desvencijado y temblequeante camioncito -Ford 1926- de color indefinible,  que arrancaba a la manivela y al que vi una mañana tempranito, mientras le entregaba un cuarto de barra a un cliente, escapársele por Argerich, cruzar Avellaneda y don Rafael corriéndolo y puteándolo, como si entendiera. Algunos vecinos opinaron  socarronamente  “hay que tener cuidado,  ese camión está vivo...” . Alguna mañana de invierno crudo, yendo a la escuela, recuerdo haber visto el camión de don Rafael parado a la puerta del negocio,  con un calentador Primus encendido  y ubicado debajo del cárter “para ablandar el aceite de la caja de cambios”  le comentaba a su hijo que le cebaba un mate.)

    El chico siguió por Nazca, se paró frente a la vitrina de la juguetería y se quedó un buen rato mirando los coches, los revólveres a cebita, el Cerebro Mágico, el Mecano y otros sueños. Arrancó de nuevo, pasó por la casa con jardín pobrete, la mercería de las viejas, el dentista , y llegó a la esquina de Bogotá. En la ochava una librería de artículos escolares,  y cruzando, en la ochava de enfrente, GDA (grandes despensas argentinas). Pero no cruzó. Dobló por Bogotá. Le gustaba esa calle arbolada de paraísos enormes, casas paquetas -algunas-  con mármol negro en los frentes,  con verjas y jardincito humilde otras, o patio galería. Muchas de ellas tenían enredaderas cuyo fruto era una esponja vegetal que en las casas de sus amigos usaban para frotarse el cuerpo cuando se bañaban. Avanzaba por la calle observando cada casa y deteniéndose en las que tenían un jardín y verjas. En una de ellas había una gata mimosa, la llamó y vino, trepándose  de un salto elegante al medio muro donde estaba clavada la verja. La acarició, la gata ronroneaba y se frotaba contra los barrotes . De la casa vecina salió una nena con un perrito pequinés, que al ver a la gata comenzó a ladrarle histéricamente provocando la huida inmediata del felino bigotudo. El chico lo miró al pequinés como para patearlo, pero decidió continuar avanzando. Ahora estaba frente a la casa de Miguel Ponce,  del que era compañero de clase, un muro espeso y una puerta enrejada y detrás un jardín inmenso. Ya estaba cerca de la esquina de Argerich y la última casa tenía entrada por esa calle, pero contrariamente a la norma, no tenía muro  y no hacía ochava,  sino ángulo recto y con alambrado de gallinero enganchado a postes cuadrados, encerrados en un pequeño muro de ladrillos rojos de 30 centímetros de alto. Detrás del alambrado había una especie de jardín selvático por lo enmarañado de la vegetación, que exhalaba  perfume de madreselvas. Dobló por Argerich, pasó por el fresco zaguán de la casa de Tramaglia, otro del cole, y después todas casas más pequeñas y humildes hasta llegar a Avellaneda. Cruzó y saludó a Don Paco, que salía del despacho de pan que atendía junto a su hermano, el gordo Palmeiro. Se quedó mirando a través de la vidriera a las italianas de la librería-lencería-mercería. Parecían viejas mellizas –y eran viejas y mellizas- , muy elegantes. Pegado al negocio, la casa de Vicente el peluquero, para los clientes “mano brava”, por la velocidad y desprolijidad de su trabajo cuando había muchos clientes. Su madre dejó de enviarlo a que se corte el pelo con él después de un día que comentó con cara de desagrado “te lo cortó a mordiscones...”. Luego estaba la carbonería  de Don Manuel . Descargaba un camión de bolsas de carbón y gruesas rodajas de quebracho colorado. Al verlo le dijo casi gritando y jocoso como siempre “anda niño, que haces bajo el sol con este calor...qué tu madre te anda buscando...”
Apretó el paso y ni siquiera se paró a hablar con su amiga Alicia, que a la hora de la siesta jugaba  en el jardín que daba a la calle , detrás de las rejas, con sus muñecas y su jueguito de té. Llegó a la entrada del pasaje y vió a su madre en el fondo. Ella también lo vio porque empezó a agitar su mano, no precisamente con el gesto de saludar... Algo gritó también pero no entendió porque en ese momento pasaba el pedorreante camión de don Francisco. Se apuró en llegar porque su madre estaba charlando con Doña Cata y delante de ella todo sería más leve.
-         Donde te metiste, le gritó,  las  manos en las caderas, cuando ya llegaba. Hace dos horas que te mandé a comprar el cuerito... 
-         Dí una vuelta a la manzana...
-         Cómo una vuelta a la manzana..! Dos horas ..!
-         Bueno Doña Emma, dijo doña Cata, los chicos son así...no se haga mala sangre...
-         Ah no...Por eso,  desde el próximo lunes lo mando a estudiar el violín con Rossi. A ver si así se queda más en casa, lo saco un poco de la calle...

(Con los años, no se quedó mucho más en su casa, y por lo general cuando salía, al violín lo llevaba con él. Pero esa es otra historia...)

       








Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire